“En La Boca de los Caimanes” | Por @Juanortiz_12

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Novela enmarcada dentro del realismo mágico, costumbrismo  y el regionalismo.

“Para que pueda ser he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros, buscarme entre otros que no son si yo no existo, los otros que me dan plena existencia”.
Octavio Paz

A Juan Ortiz lo conocí cuando yo llevaba casi treinta días en la isla de Coche. Y aunque no conversamos lo suficiente para conocer un poco más acerca de él, supe, más tarde, que se trataba de un soñador, un poeta, un escritor de La Boca de los Caimanes: “un caserío costero al sur de una pequeña isla” (Margarita).

Encontrar a un narrador de Margarita por las calles de Coche, con una guitarra colgada a su espalda enseñándoles música a los niños (porque es músico y profesor de música) parece un acontecimiento posmoderno en la Venezuela actual; digo, por la poca frecuencia con que estas buenas nuevas ocurren. ¡Cosas de poetas!, me dije; escasamente de instituciones burocráticas.

Después de mi llegada a Ciudad Bolívar, la antigua Angostura del río Orinoco, que desemboca en “la mar que es el morir”, leí su novela En la Boca de los Caimanes, recién bautizada en la Feria Internacional del libro 2017. Agradezco la gentileza del amigo al enviarla a mi correo electrónico y poder leerla en PDF.

Envuelto en una madeja de historias que acontecen En la Boca de los Caimanes, se encuentra este escritor que recrea, desde una mirada mítica y mágica, creencias y vivencias que a ratos se alejan del Caribe al Mediterráneo (Grecia), para siempre regresar. Pero en especial, recrea la huella de una infancia entre caracolas, tejidos, redes, peñeros, rancherías, astilleros, propios del lugar.

La trama se centra en la historia de la damisela Fiorela (que quiere saber lo que es normal), Manuel y María de Jesús, todos, seres algo extraños: invisibles a ratos, desmemoriados, ausentes, que se tropiezan con otros personajes como parteras, pescaderas, poetas, juglares y decimistas, junto a los cuales se desarrollan insólitas subtramas.

Mito y magia acompañan a Ortiz en su novela En la Boca de los Caimanes. Por instantes, mientras la leía, llegué a evocar el mundo realista mágico de García Márquez y, en verdad, Ortiz tiene una capacidad de construcción de mundos mágicos sorprendente.

“Las lágrimas caían creando un pequeño charquito en la blanda arena que él borraba adrede para que nadie viniese después a leer sus desamores, sus desventuras, habilidad que Gloria, la vidente, tenía muy desarrollada aparte de leer las nubes. A su lado derecho había una concha de botuto; la tomó y escuchó el mar en ella llevándola a su oreja izquierda para ver si eso le calmaba el río interno” (p, 33).
Es un mundo imaginado doblemente: por el narrador y sus personajes. Como cosa rara, dentro de tanta magia sobresale una precisión obsesiva -tal vez-, en cuanto al tiempo, a los tamaños y medidas de los seres y las cosas. O, probablemente, la magia sea una ciencia exacta:

“Miguel era un hombre inmenso de dos metros de alto y un metro de ancho” (p, 29)
“María de Jesús Gil nació a las once y once de una noche de luna llena y mar calmo, donde todo era simple y común, y unos ojos de pez dormido se asomaban en la orilla cercana llamando a la niebla” (p, 37).
“Ese día nadie se salvó de derramar lágrimas, excepto Fiorela, quien vio -durante una hora y cincuenta y cinco minutos- cómo todos lloraban desconsolados” (p, 89).

CONTRAPORTADA

Además de las familias de la comunidad Bocacaimanerienses existen otras familias de igual importancia: los botutos, los monstruos marinos; peñeros, islotes y lagunas: la de Punta de Piedras, la Laguna de Las Mercedes; además botes como: Ayudante de las Estrella, Frutre de Oro, que nos conducen siempre a esa gran “boca” que se alimenta de historias y exhala otras: La Boca de los Caimanes.

“Al llegar al otro extremo, se volteó y, con mirada fija al oscuro y frío horizonte, empezó a correr con rapidez, rompiendo el viento con la fuerza y el ímpetu de un adolescente, y cuando su pulgar izquierdo tocó la punta del último madero se impulsó, brioso, lanzándose al mar de cabeza, con la gracia y el estilo propio de los recios pescadores de La Boca de los Caimanes. El agua casi ni salpicó, fue una entrada limpia, como cuando los alcatraces besan de muerte el mar. Al salir a la superficie, habiendo comprobado la resistencia de su creación, sonrió y se fue nadando rumbo al este, dos kilómetros mar arriba, hacia su lancha, la “Estrella del Mar”, guiado por la luz tenue de la lámpara del camerino principal y por la luz del faro de los Crisis (que cada cierto tiempo reposaba sobre la embarcación)”. P. 10

Y con buena razón nada es normal En La Boca de los Caimanes, y menos si nos atenemos a que la novela es muy seguramente un híbrido costumbrista – realista mágico donde subyace, como en casi todas las narraciones, una historia personal.

En definitiva, es un encanto de fábulas marinas, pueblos y gente de la mar esta novela del joven escritor, Juan Ortiz.

Rusalca Fernández
Sociólogo. UDO-Sucre.
Ciudad Bolívar, 21 de marzo, 2017

Si desea adquirir la novela, comuníquese con el maestro Juan Ortiz al correo electrónico juam_manuel_ortiz@hotmail.com o al teléfono 0412-3017901

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