La música mejora la capacidad de lenguaje de los bebés

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Un entrenamiento musical a edad temprana potencia el desarrollo de las habilidades de percepción de los sonidos musicales, lo que favorece el aprendizaje del habla.

Mucho antes de decir sus primeras palabras, los bebés ya canturrean. Imitan la entonación de sus padres al hablar y comienzan así a apuntalar las bases del lenguaje. De hecho, la capacidad de hablar y la de comprender la música comparten recursos cerebrales, por lo que numerosos estudios de neurociencia se han centrado en estudiar si potenciar una de las dos áreas puede comportar beneficios transferibles a la otra.

Ahora una nueva investigación publicada en la revista PNAS arroja luz sobre esta relación. Investigadores del Instituto para el aprendizaje y las ciencias del cerebro (I-LABS) de la Universidad de Washington (Estados Unidos) han observado en bebés que un entrenamiento musical temprano tiene un efecto beneficioso sobre sus capacidades cognitivas: potencia el desarrollo de habilidades de percepción y favorece el aprendizaje del lenguaje.

La música mejora la capacidad de lenguaje de los bebés

El entrenamiento musical a una edad temprana mejora la capacidad de lenguaje de los niños. (RyanJLane – RyanJLane / Getty)

Estudios previos habían demostrado que aprender música de forma temprana podía potenciar las respuestas cerebrales al lenguaje en niños pequeños. En este sentido, se había visto que aquellas personas que han tenido entrenamiento musical desde pequeños muestran un mejor procesamiento de los sonidos musicales y que ese efecto se contagia al procesamiento del lenguaje.

Samuel Abraham | Foto: Ana Marcano

Samuel Abraham | Foto: Ana Marcano

“Nosotros pretendíamos ir un paso más allá y examinar si la experiencia musical a una edad temprana podía afectar tanto a la música como al lenguaje”, explica por correo electrónico Christina Zhao, primera autora del trabajo e investigadora postdoctoral del I-LABS. “Nuestra hipótesis era que aquellos bebés que siguieran una intervención musical en la que les hiciéramos aprender un ritmo musical difícil, después de un mes serían capaces de extraer mejor patrones rítmicos en general, lo que a su vez se reflejaría en el procesamiento del lenguaje”, añade.

La percepción de patrones es una capacidad cognitiva muy importante y mejorar esa capacidad de forma temprana puede tener efectos a largo plazo en el aprendizaje

PATRICIA KUHL

codirectora de I-LABS

Como ocurre en la música, el lenguaje tiene patrones rítmicos marcados. Basta pensar en cómo suena el italiano, el alemán o el japonés y en la entonación que adoptaríamos si quisiéramos imitarlos. La cadencia y el tono ayudan a diferenciar un sonido de otro y a comprender qué está diciendo la otra persona. Y esa capacidad para detectar y extraer patrones rítmicos es lo que ayuda a los bebés a aprender a hablar.

“Los niños experimentan un mundo complejo en el que los sonidos, las luces y las sensaciones varían constantemente”, afirma la coautora del estudio, Patricia Kuhl, codirectora de I-LABS, en un comunicado de prensa. “El cerebro del bebé –prosigue- se encarga de reconocer los patrones de actividad y predecir qué es lo que va a ocurrir a continuación. La percepción de patrones temporales es una capacidad cognitiva muy importante y mejorar esa capacidad de forma temprana puede tener efectos a largo plazo en el aprendizaje”.

“La música y el lenguaje comparten recursos cerebrales, por lo que potenciar un área puede tener beneficios transferibles al otro área. Además, tanto música como lenguaje comportan sonidos que siguen unas reglas y que inducen emociones y conceptos. Una pieza de música no acaba de forma aleatoria, sino que hay una sintaxis musical, como en el lenguaje. La estructura temporal permite al oyente crear unas expectativas en el tiempo”

CLÉMENT FRANÇOIS

Músico e investigador postdoctoral en Unidad de Cognición y Plasticidad cerebral de la Universitat de Barcelona

Participar activamente

Los investigadores realizaron un experimento con 39 bebés de nueve meses, a los que separaron de manera aleatoria en dos grupos; el primero durante un mes participó en 12 sesiones de juego en el laboratorio de 15 minutos cada una. En ellas, los investigadores colocaban a dos o tres niños sentados con sus padres y les guiaban para que siguieran y marcaran el ritmo con maracas o instrumentos rítmicos de una música infantil.

El segundo grupo, en cambio, asistió a sesiones de juego de la misma duración aunque sin música, con juguetes que requerían que participaran de forma activa, también acompañados por sus padres.

En el caso del primer grupo, “usaron canciones con métrica terciaria, como en los valses, que es complicada para los niños de esta edad, tanto de percibir como de categorizar. Es un desafío para su cerebro”, destaca Clément François, músico e investigador Juan de la Cierva en la Unidad de Cognición y Plasticidad cerebral de la Universitat de Barcelona, que no ha participado en este estudio.

Tras 12 sesiones, los investigadores midieron la respuesta cerebral de los pequeños mediante una magneto encefalografía mientras les hacían escuchar música en métrica terciaria así como sonidos de lenguas extranjeras que, de repente, se interrumpían. Cuando eso ocurría, los cerebros de los niños mostraban una respuesta ante esa interrupción, aunque los del grupo de música tenían una activación mayor en el córtex auditivo y prefrontal, áreas relacionadas con el control de la atención y la detección de patrones. Este resultado sugiere que las sesiones de entrenamiento con música habían mejorado su capacidad para detectar los patrones rítmicos.

¿Por qué ponerle música solo no funciona?
Aunque en el mercado existen diversos productos orientados supuestamente a estimular el cerebro de los bebés mediante música, los neurocientíficos explican que para una intervención sea eficaz y tenga efectos sobre las capacidades cognitivas del pequeños, debe cumplir diversos requisitos: para empezar, el niño debe participar activamente, no sirve de mucho que solo escuche música de forma pasiva. En este experimento, por ejemplo, los pequeños seguían el ritmo de la música con maracas. En segundo lugar, las piezas deben ser extremadamente repetitivas y complejas, para que supongan un desafío para el cerebro. Y por último, el componente social es clave; aprendemos de otros humanos, de la interacción. “A los padres se les tiene que quitar la vergüenza de cantarle a sus bebés. Eso tan simple es muy beneficioso para sus hijos”, considera François, de la UB.

“Tras décadas de investigación sobre cómo y qué aprenden los bebés, sabemos que absorben información de una gran variedad de estímulos de su entorno y a una velocidad increíble. Participar de forma activa en interacciones con el lenguaje les ayuda a aprender palabras más rápido. Y ahora demostramos que participar activamente en una experiencia musical puede influenciar el desarrollo de su cerebro y ayudarles a aprender”, concluye Zhao.

Para François, experto en neurociencia y música, esta investigación presenta un punto flaco y es que “en realidad no muestra el efecto de la intervención”. Los investigadores no registraron la actividad cerebral de los bebés antes de participar en el estudio. “Basan su conclusión en los resultados después de la intervención, pero en el fondo no proporcionan qué efecto tiene comparándola con la respuesta de los niños antes”.

Tanto los autores del estudio como François destacan la necesidad de promover la educación musical en el sistema educativo y cuanto antes mejor. “El entrenamiento musical comporta un sinfín de beneficios a nivel cognitivo y perceptual. La música tiene la capacidad de potenciar las habilidades de los niños para detectar, predecir y reaccionar de forma rápida a los patrones en el mundo, lo que resulta de gran relevancia en el mundo complejo en que vivimos”, concluyen.

Publicado en www.lavanguardia.com

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