¿Qué se sabe sobre los orígenes de la música?

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Preparémonos entonces para un largo viaje, hasta los mismos confines de la historia humana, allá donde alguna vez nació la música.

No es mucho lo que sabemos, pero hay indicios claros de que la música se originó en aquellos tiempos lejanos. Si queremos entender con mayor profundidad un proceso complejo de evolución que llega hasta nuestros días, nuestro punto de partida deberá remontarse hasta aquella época lejana. Ahí fueron inventados los primeros instrumentos musicales, nació el ritmo, el canto, la danza, y – aunque parezca extraño – se hicieron las primeras observaciones que conducirían, finalmente, hasta la formulación de ciertas leyes de la Acústica que habrían tenido su origen en la música.

Pero no nos adelantemos tanto al tiempo…

Quedan muchas incógnitas que tal vez jamás podamos resolver.

Algunos opinan que la música habría comenzado con la imitación de ciertos sonidos de la naturaleza que tienen alguna entonación, como el sonido del viento, el canto de las aves, el rugido de algunos animales, etc. Otros creen que las primeras manifestaciones fueron por medio del canto, que se habría originado al desarrollar las inflexiones naturales de la voz al hablar, siendo ésta una teoría apoyada por algunos filósofos y sociólogos, entre ellos Jean Jacques Rousseau y Spencer. También hay quienes suponen que pudo originarse en el ritmo y la danza. La danza, a su vez, sería un desarrollo de los gestos corporales y los movimientos al caminar marcando el ritmo con algunos instrumentos de percusión.

En realidad cualquiera de estas hipótesis puede estar en lo cierto, pero no hay ninguna prueba de que haya sido así. Si nos atenemos a la documentación arqueológica, lo único que podemos saber es que se danzaba, que se practicaban ciertos ritos y que se halló una variedad de  instrumentos musicales en las excavaciones. No hay trazos de escritura que pudieran sugerirnos algo sobre cómo sonaba aquella música. Y eso es todo.

FLAUTAS PREHISTÓRICAS. Estos ejemplares están entre los más antiguos encontrados. Sin embargo, obsérvese que ya tienen casi el diseño de las flautas actuales.

FLAUTAS PREHISTÓRICAS. Estos ejemplares están entre los más antiguos encontrados. Sin embargo, obsérvese que ya tienen casi el diseño de las flautas actuales.

FLAUTAS PREHISTÓRICAS. Estos ejemplares están entre los más antiguos encontrados. Sin embargo, obsérvese que ya tienen casi el diseño de las flautas actuales.

Respecto a los instrumentos, tan sólo “aparecen” con sus formas casi definitivas en la historia, sin conocerse exactamente dónde, cuándo ni cómo se originaron. Lo que ciertamente se podría afirmar sería que, para inventarlos, debió haber necesariamente una experimentación metódica y cierta tecnología – aunque fuese primitiva -, además de ciertos hallazgos sonoros que no habrían sido pasados por alto.

Y tal actitud debió ser el embrión científico de donde habría de nacer no solamente un arte, sino también las herramientas para que los futuros artistas se pudiesen expresar.

¿A quién le molesta la ciencia?

Hay un tema controversial  que conviene atender antes de proseguir. Se dice, con cierta frecuencia, que el arte es una manifestación subjetiva –  y la música no sería una excepción -, razón por la cual no sería necesaria la intervención de la ciencia para hacer arte.

Esta posición radical es sostenida por muchos músicos intuitivos. Defienden la pureza de la inspiración y señalan  casos históricos de músicos geniales que innovaron sin pensar jamás en cuestiones técnicas, y mucho menos en la ciencia.

Pero la historia de la humanidad nos enseña otra cosa, más allá de las excepciones individuales. Los pueblos cuya música ignoró la ciencia se caracterizan por perpetuar – incluso hasta hoy día – una clase de música estancada, que no evoluciona. Solamente cuando la ciencia ha acompañado a la música ha habido una evolución continua.

Es cierto que, sin inspiración artística, la parte científica relacionada no tendría razón de ser. Pero también es verdad que cuando se carece de medios materiales para expresarse – como pueden ser los instrumentos musicales -, de nada le vale al artista la inspiración, aunque fuese genial. En el mejor caso, el único medio disponible será la propia voz para cantar y quizá las manos para marcar algún ritmo.

Y esta limitación parecería que fue percibida ya desde la prehistoria, pues en caso contrario no se habría inventado ni un solo instrumento. Sin embargo, este razonamiento abre una cantidad de interrogantes nuevas.

Sabemos cuáles fueron los primeros instrumentos musicales,  pero ¿ por qué se los habrá inventado?

La arqueología cuenta con yacimientos de restos que incluyen los tres grupos básicos de instrumentos, o sea, de percusión (tambores, maracas de calabaza, palos y raspadores), de cuerda (instrumentos primitivos de arco) y de viento (flautas, cuernos, caracoles, etc.). Pero la mayor parte de esos hallazgos son piezas sueltas de un complicado rompecabezas. No dan una imagen clara del origen de la música, ni de cómo era esa música y, mucho menos, por qué alguien que tuvo entre sus manos algunos objetos  pensó transformarlos en instrumentos musicales.

Los arqueólogos han formulado al respecto las más diversas teorías acerca de los motivos de los humanos primitivos  para hacer música. Por ejemplo, durante el paleolítico habría sido un recurso mágico para los rituales de cacería. También se piensa que en el neolítico la vida sedentaria de algunos grupos humanos habría dado lugar a momentos de ocio, amenizados con danzas y cantos. Pero todas estas suposiciones no explican gran cosa.

En realidad, si imaginamos las posibilidades y oportunidades que el humano prehistórico tenía para producir sonidos, es posible fundar cualquier teoría lógica acerca del origen de la música. Se ha dicho que golpeando dos piedras o cortando un árbol se obtenía un sonido rítmico. También que las formaciones de estalactitas y estalagmitas de las cavernas producen sonoridades diversas al golpearlas con la mano, una madera o un hueso. Charles Darwin imaginaba que la música habría evolucionado a partir de la invitación amorosa del animal humano.

Para llenar mucha información faltante, la musicología comparada estudia la música de los pueblos primitivos que todavía hoy existen. Luego, sobre la base de esas observaciones, se elaboran hipótesis acerca de cómo era probablemente la música de la prehistoria. Tales hipótesis permiten incluso suponer cómo sonaba, tal vez, aquella música. Aunque sólo tal vez.

Pero es precisamente ahondando en esas hipótesis, y sobre todo en la última, como podemos medir el alcance de un misterio.

Ciertamente, es probable que cuando alguien golpeó un tronco hueco y escuchó, descubrió lo que con el andar del tiempo se convertiría en un tambor. Y, por supuesto, repitiendo los golpes para escuchar mejor, pudo haber descubierto un ritmo.

Se dice también que alguien halló por casualidad que al soplar por el extremo estrecho de un cuerno extraído de algún animal muerto se podía producir un sonido, pero… ¿por  casualidad? Para lograr ese resultado aquel individuo tuvo que descubrir, primero, que debía abrir en la punta un agujero no mucho mayor de un centímetro, y soplar allí  haciendo vibrar los labios pues en caso contrario lo único que oiría sería el soplido.  ¿Por qué se le ocurrió investigar todo eso? No lo sabemos.

Y las motivaciones para tanto esfuerzo son difíciles de comprender por el solo hecho de, por ejemplo, querer amenizar momentos de ocio.

Tampoco es sencillo imaginar cómo se descubrió que, si en vez de un cuerno, se usaba el extremo afilado de una caña hueca para soplar, también se podía hacer música. Pero en algún momento esto debió haberse descubierto, u hoy desconoceríamos las flautas. ¿Qué habrá impulsado al descubridor a seguir investigando de ahí en adelante? Seguramente esa cosa sonaba como un pito monótono. Faltaba averiguar que haciendo agujeros en la caña (o en un hueso ahuecado) se podía variar la altura del sonido. Después, observando “dónde y cómo” convenía hacer las perforaciones y, todavía más, observando que tapando con los dedos algunos agujeros y otros no, sucesivamente, se conseguiría que ese objeto tan primitivo hiciese finalmente oír una melodía.

Entonces…

Una gran incógnita sigue en pie.

La mayor de todas estas incógnitas es no poder explicar bien la necesidad originaria de dar algún sentido estético a lo que se oye. ¿Cuál habrá sido el encanto que aquellos oídos primitivos le hallaron a algunos sonidos elementales? ¿Cuál habrá sido el incentivo que tuvieron para transformar una caña hueca, un cuerno o un caracol, en algo capaz de producir una música?

En una palabra: ¿por qué el hombre prehistórico no se conformó solamente con seguir golpeando un hueso contra una estalactita?

Si queremos complicar las cosas todavía un poco más, pensemos que en algún otro momento desconocido de la historia alguien supo que una cuerda tensa podía sonar. Ignoramos cuándo y cómo lo descubrió, pero averiguar, todavía, que podía sonar frotándola con algún objeto o simplemente golpeándola o tirando de ella con un dedo, es algo que pide una fuerte motivación para seguir investigando cuidadosamente.

Los primeros experimentos debieron ser decepcionantes. Se producía nada más que un solo sonido, siempre el mismo, aunque gustase escucharlo. Para solucionar el inconveniente alguien debió observar que una cuerda más larga sonaba diferente que otra más corta… y que poniéndola más tensa, o más floja, la “nota” (diríamos hoy) también variaba. Luego se empezaría a avanzar, paso a paso, hacia el momento en que aparecerían los primeros instrumentos ya casi terminados, y, más tarde, los cálculos matemáticos de la Física relacionada con la música comenzarían en las antiguas civilizaciones.

Recién ahí es donde todo empieza a quedar más claro.

Las primeras orquestas de la historia.

Cuando varios músicos decidieron tocar al mismo tiempo agregando, en ocasiones, el canto a una o más voces, las combinaciones debieron ser sin duda un nuevo incentivo para seguir avanzando. De no haber sido así hoy no conoceríamos los coros ni las orquestas.

Orquesta Sinfónica Actual

Meditemos ahora un momento acerca de lo siguiente: Todas las actividades de la cultura humana comenzaron en alguna época prehistórica oscura. La base científica de la música, que más tarde cristalizaría en civilizaciones como la antigua Grecia o el antiguo Egipto, no debió ser una excepción. Debieron apoyarse necesariamente en la evolución paulatina de los primeros hallazgos sonoros y en una inventiva desarrollada, cultivada con ahínco por los primeros músicos de la prehistoria.

Pintura hallada en el interior de una pirámide del antiguo Egipto.

Pero aquellos esfuerzos de observación y creatividad, fuese para cantar, para danzar, o aun ¿por qué no?, para imitar sonidos del ambiente, debieron tener otra finalidad quizá desde los mismos orígenes. Quizá la mejor pregunta que uno se puede hacer al pensar en todos aquellos pioneros anónimos, aquellos lejanos antepasados que descubrieron la música, sea:

¿Por qué tuvieron la ocurrencia de amenizar el ocio, o los ritos, precisamente con música?

Es interesante detenernos un momento en este punto.

¿Por qué existe la música?

De todas las artes, la música parece ser la más difícil de justificar en su existencia como una necesidad del espíritu humano. Puede ser sorprendente, pero si preguntásemos a la gente por qué o “para qué” existe la música, obtendríamos un sinfín de respuestas heterogéneas imposibles de resumir en un contexto claro. Pero preguntemos si es posible un mundo sin música…

Habrá un rotundo ¡NO!, casi unánime.

Es que las demás artes son mucho más explícitas en cuanto al contenido de lo que pueden querer transmitir. Otros artistas se valen de medios tan concretos como las palabras, las formas materiales y las imágenes. Los músicos, en cambio, no.

Por cierto, en ocasiones la música se asocia con otras artes, para conseguir una expresión más concreta, pero será siempre bajo una condición.  Si, por ejemplo, las palabras se incorporan a la música, será en forma de canto y entonces la música y las palabras deberán congeniar entre sí, pues de lo contrario el resultado podrá caer hasta en el ridículo.

Es que la percepción musical es un proceso mental muy complejo. Una serie desordenada de sonidos puede ser que resulte hasta agradable, como podrían ser los sonidos de la naturaleza, pero empezaremos a sentir la necesidad de ordenarlos de alguna manera, poniendo más atención en algunos sonidos que en otros, hasta poder percibir alguna “forma”.  Esa forma no es material, es tan sólo la capacidad que nuestro cerebro tiene para separar, combinar y hasta ordenar de manera lógica lo que nos interesa y lo que no.

¿Un ejemplo?

En una habitación donde hay una música de fondo podemos conversar con la persona que tenemos al lado y entender lo que dice sin que la música nos moleste. Pero viene alguien y levanta el volumen del sonido. Queremos seguir hablando y ahí la música se vuelve molesta, casi un ruido. Pero si la persona a nuestro lado dice sólo tonterías, puede ser que la conversación sea un barullo molesto porque habríamos comenzado a atender a la música aunque nadie hubiese levantado el volumen.

De manera muy parecida, si el texto de una canción nos resulta más interesante que la música en sí, no será lo mismo que a la inversa. Claro que si ambos elementos congenian entre sí percibiremos la experiencia como un todo unificado.

Es posible que sin esa capacidad de la percepción auditiva los sonidos nunca se podrían ordenar en nuestra mente para darles un significado comprensible. Hay personas “sin oído” – decimos – que no logran entender la música, y la causa parecería estar justamente en una incapacidad para una síntesis mental de los sonidos que perciben. Se conjetura que la causa de este defecto estaría en que hay un alto grado de abstracción en el hecho musical, pero parece que no puede ser en grado absoluto.

Por alguna causa, la música necesita ser asociada con otras zonas del pensamiento y las percepciones.

Con frecuencia los músicos se refieren al “lenguaje musical”, a la “frase” como componente del “discurso musical”, al “color” de las combinaciones sonoras, hablan de la “paleta orquestal”, de las “formas” y hasta de la “arquitectura” de una obra musical, etc. En realidad, se trata evidentemente de metáforas, pues la música no habla, carece de forma visible o palpable, el espectro de las ondas del sonido no coincide con el de la luz y no se puede descomponer en colores.

La escritura de la música es una grafía que concuerda con las sensaciones espaciales. No se necesita explicación para saber cuáles son los sonidos “ascendentes” o “descendentes”.

Y sin embargo se han formulado toda clase de teorías intentando explicar por qué una proporción estimable de personas normales asocia los sonidos musicales con algún lenguaje sin palabras,  espacios, formas, y hasta colores, concordando así con las metáforas que los músicos suelen usar. Por alguna causa que la ciencia aún no ha logrado explicar bien, cualquier persona que escucha por ejemplo una sucesión de sonidos cuyas frecuencias (vibraciones por segundo) van en aumento, dice que la progresión es “ascendente” y casi nunca al contrario. A la inversa, si las vibraciones por segundo van decreciendo, la percepción es que el sonido “cae” hacia regiones “profundas” (sonidos de muy baja frecuencia). Por alguna razón que se ignora, también hemos terminado diciendo que un sonido de muy alta frecuencia es “agudo” como si pudiese tener filo o punta, le medimos el “volumen” como si hubiese algún espacio ocupado, algunas voces tienen “dulzura” o son “ásperas”, etc.

Fenómenos psíquicos como estos se catalogan frecuentemente dentro de lasinestesia, que sería la capacidad de los sentidos para interactuar entre si. El fenómeno no se limitaría, por otra parte, tan sólo a los músicos. Por ejemplo, Baudelaire hablaba de “una metamorfosis mística de todos mis sentidos fundidos en uno solo”.

Richard Cytowic

Los trabajos de investigación en este campo son bastante recientes y muy discutidos. Hay citas históricas de larga data por parte de quienes investigan en este terreno. En 1999 el investigador italiano Tornitore, en su Teoría de la Historia de la Sinestesia, declara que ya Pitágoras, Aristóteles y Newton identificaban la presencia de tales fenómenos sensoriales. Tanto Tornitore como el norteamericano Richard Cytowic, en 1995, coincidieron en afirmar que el campo de estudio de la sinestesia solamente podrá ser ensanchado a partir del desarrollo de la neurociencia y, en particular, de la neuropsicología, con auxilio de la tomografía computarizada del cerebro. No obstante, existen básicamente dos tendencias opuestas en el campo del estudio de la sinestesia. Una defiende el carácter hereditario y selectivo en los seres humanos, mientras la otra posición es más radical y sostiene que todos somos sinestésicos, pero solamente un pequeño grupo de personas tiene consciencia de la naturaleza holística de la percepción sensorial. Según Cytowic, en cambio, el fenómeno se presentaría en el ser humano de forma peculiar y diferenciada.

Generalmente estas conclusiones llevadas a los extremos se califican como seudociencia, y es por una causa muy concreta. Algunos casos comprobados de personas que cuando ven una luz oyen realmente un sonido, o que si saborean un dulce ven un color, son considerados dentro de la patología neurológica, pues se trata de un síndrome que puede conducir a la persona a desarreglos mentales que le impidan orientarse en el ambiente, con consecuencias en el comportamiento.

Desde luego, los casos que decíamos primero no están entre estos últimos, sino en el campo estricto de las asociaciones de ideas, donde diferentes percepciones, registradas anteriormente en la memoria, pueden resultar combinadas ante cualquier nuevo estímulo.

Pensemos un momento en lo siguiente.

¿Podemos evadirnos del mundo sonoro?

Aquí habría que hacer una distinción entre oír y escuchar. Quien oye, no necesariamente escucha. Para que una persona normal pueda asociar mentalmente un sonido cualquiera con algún otro tipo de sensación, tiene que poner por lo menos un mínimo de atención, escuchando. No importa mucho si el sonido proviene de una orquesta sinfónica o de la naturaleza. Y entonces, nuestro cerebro debe interpretar de alguna manera la sensación percibida, y lo hace por comparación con información guardada en la memoria. Cuando, en cambio, un estímulo produce una sensación que no se puede comparar con nada que la persona recuerde, resulta incomprensible.

Ahora bien, el sonido está en todas partes y comparte una multitud de otras sensaciones a un mismo tiempo. No es sorprendente que la memoria registre entonces toda clase de asociaciones. Por eso es que los sonidos nunca nos serán indiferentes, y que tenemos tendencia natural a asociarlos con alguna otra cosa, excepto que jamás prestemos atención a lo que nuestros oídos nos permiten percibir. Es posible que quien sea incapaz de escuchar con atención el viento o el canto de las aves, el retumbar del trueno, el murmullo del follaje, o del agua en un arroyuelo, el chasquido de las olas al borde del océano, y muchos sonidos más de la naturaleza, además del ruido humano que ríe, grita y llora, quizá sea también incapaz de comprender la música en profundidad. Esto no quiere decir que nunca la oiga, pero podrá serle casi siempre una experiencia más o menos intrascendente por falta de asociación de ideas… aunque luego asegure que no imagina un mundo sin música.

¿Podemos concluir con esto en que el ruido sería la esencia que da origen a la música?

Podría ser que sí, pero entendiéndolo únicamente desde un punto de vista evolutivo. Es decir de lo elemental hacia lo elaborado. Desde la materia prima en bruto hasta una obra de contexto estético.

Al igual que los sonidos musicales, el ruido contiene las cuatro cualidades del sonido, que son: altura, intensidad, duración y timbre, pero el ruido no es música. Puede producir asociaciones de ideas, sí, pero en forma desordenada. El ser humano necesita crear un orden en todo aquello que percibe y, en el caso de los sonidos, es posible que la música sea el único recurso mental para crear ese orden.

El conocimiento científico y la música.

La vinculación más conocida de la ciencia con la música es una rama de la Física, la Acústica. Se trata de la ciencia que estudia todas las propiedades físicas del sonido, y se aplica desde la construcción de instrumentos hasta de salas de concierto, sin olvidar las herramientas teóricas necesarias durante el trabajo creador del artista.

Pero hay otras ciencias no menos importantes, vinculadas a través de industrias, principalmente para la fabricación de instrumentos. Para tener una idea, se realizan tratamientos especiales para muchas maderas utilizadas, se elige el clima donde crecerán los árboles de donde esas maderas serán extraídas, se establece la forma de criar las ovejas de las que luego se extraerá la lana para ciertas piezas como los paños de los martillos de un piano, se estudia cuáles son las aleaciones más adecuadas de metales para fabricar diversos instrumentos o piezas accesorias y, en los últimos 60 años, la electrónica ha dado un fuerte impulso a la invención y perfeccionamiento de nuevos instrumentos cuyas posibilidades musicales están en evolución.

Todavía hay que añadir que, también en años recientes, las técnicas para tocar los diferentes instrumentos se han perfeccionado mediante estudios científicos. Hoy, la preparación de los futuros concertistas se considera eficiente si la técnica que se enseña es de base anatómica y fisiológica, de modo que posibilite un máximo rendimiento de las aptitudes físicas y evite daños corporales a veces irreversibles. La psicología y la neurología también han hecho sus aportes en el campo de los mecanismos del aprendizaje, con diversas aplicaciones en el desarrollo de la memoria y el dominio de la motricidad especializada.

Todo este cúmulo de conocimientos está a disposición del músico contemporáneo tras un proceso evolutivo cuyo origen es difuso y se pierde milenios atrás en la historia. Pero nada de ello tendría sentido sin el impulso de los creadores que imaginan la música, es decir, los compositores. Sin ellos, todas las teorías y las técnicas resultarían estériles, por carecer totalmente de aplicación.

Conviene recordar, sin embargo, que la aplicación de la ciencia por parte de los compositores ha sido por lo general  intuitiva y más bien guiada por las necesidades del arte. Pero, por esa misma razón, muchas veces la investigación científica se vio exigida por la intuición artística para hallar herramientas materiales y técnicas capaces de traducir en sonidos el vuelo imaginativo de los compositores.

Artículo original: eltamiz.com

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